Leer libros: un alimento para un bebé – por María Ivón Haddad

¿De qué se alimenta un bebé? ¿Qué necesita para desarrollarse y crecer? Está demostrado, es un hecho, que los bebés no sólo necesitan cuidados materiales esenciales, como por ejemplo: la leche materna o el suplemento, pañales, ropa y una cunita donde dormir sino que las relaciones afectivas son fundamentales para la constitución de su aparato psíquico, su cuerpo y su desarrollo. El encuentro con sus Otros significativos (mamá, papá o quien cumpla la función de alojar al nuevo ser) es indispensable para el armado del nido que lo va a sostener. Un bebé necesita ser alimentado con amor, caricias, abrazos, miradas y palabras que lo acunen y lo abriguen para ser admitido en el mundo humano.

En los primeros tiempos, el bebé es sumergido en el “baño del lenguaje”: los Otros significativos le hablan y hablan por el bebé (interpretan sus expresiones, sus llantos, sus demandas, sus placeres e incomodidades). Sin esto, no es posible el desarrollo de un niñ@ y en los casos más graves, si esto no es tenido en cuenta, hasta su vida corre graves peligros. Por eso, la voz y la mirada del Otro, lo que ellas transmiten, los modos en que el Otro le habla y mira al bebé- el lugar que ocupa, las fantasías que lo envuelven-, van conformando las bases del nido.

Es en este punto que hace su aparición “el libro”. ¿Por qué es importante leerle a un bebé (inclusive desde la panza? ¿Cuál es el alimento que proporciona la lectura de libros para los bebés? Leerle a un bebé abre la posibilidad de introducir un modo lúdico, poético, no invasivo ni estridente de la voz del Otro, lo que conlleva: abrir un lugar para el deseo. Allí  no solamente se juega un espacio diferente al de las rutinas y obligaciones de la vida cotidiana, sino que se dispone de “tiempos” (en lo posible, no apurados), para que surjan nuevas vivencias subjetivantes para el bebé.

En estos momentos originarios es más importante el modo en que se presenta la lectura que el sentido de la historia que se lee. No se trata tanto del contenido de lo que “se cuenta”, sino del «contar» y de lo que “pasa” a través de la voz y el sonido: del espacio que se va creando entre el pequeño ser y su madre o quien cumpla la función de cuidado y crianza. Aquí adquiere especial relevancia la musicalidad de la voz, los tonos, las cadencias, los acentos, las alternancias, las pausas y, por sobre todo, que la lectura sea con ternura y amor.

Conviene romper con el prejuicio de que la única manera en que el niñ@ tiene alguna relación con la lectura es cuando está sentado, prestando atención, comprendiendo y en silencio. Siguiendo con este planteo, las infancias pueden entrar en un espacio de deseo y de gozo con la lectura a condición de que se les permitan ciertas libertades: moverse y no estar obligadas a escuchar ni fijar la atención donde el adulto quiere, ni estar presionadas por que “aprendan” a través del libro tal o cual contenido. Cuando una mamá, un papá, un abuel@ le lee a un bebé: pasan cosas. Es crucial poder ir descubriendo cuál es el impacto a partir de las reacciones, movimientos y sonidos del bebé, por ejemplo: si se asusta, se ríe, llora, se mueve, se alegra, se tranquiliza, o se duerme.

L@s adult@s tenemos el honor de crear ocasiones de encuentro con un libro para un bebé y alimentarlo, aún desde la panza o desde muy pequeños, a través de las palabras y los mundos que se desprenden de allí, de un modo más humano. 

Por María Ivón Haddad
Dra. en Psicología U.B.A
Docente

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