¿Adaptación al jardín o “despegue” de las infancias? – por Dra María Ivón Haddad

Cuando un niñ@ comienza o re comienza el maternal y/ o el jardín, ¿se trata de «adaptarse» o de volar un poco lejos de casa? ¿Quizás ambas cosas? ¿Es necesario que un niñ@ se «adapte»? ¿Qué quiere decir eso?

Comenzar el jardín o, recomenzarlo cada vez, no significa solamente hacer uso de un derecho del niñ@ o «cumplir» con una obligación social y cultural. Se trata de un acto subjetivo muy importante para cada infancia y familia ya que, se ponen en marcha procesos de separación y se ponen a prueba las bases del nido que se están construyendo para cada quien.

Para ir al jardín es necesario elaborar pérdidas, duelos y separaciones no sólo de parte del niñ@ sino también, de parte de quienes se encargan de criarl@. Estas elaboraciones se producen de diversas maneras, según cada niñ@ y familia. “Despegarse” del Otro significativo (mamá, papa y/o adult@ a cargo) conlleva sus contradicciones y sus vueltas. Es conveniente entonces tener en cuenta los tiempos acordes con cada caso.

Muchas veces es la primera vez que l@s niñ@s se quedan un tiempo prolongado fuera de su hogar, con otros desconocidos, que no son sus padres y/o adult@s a cargo y en la mayoría de los casos, es una situación completamente nueva que tienen que enfrentar donde aparece otra «escena», otro contexto, otras o nuevas normas, otros tiempos, ritmos y actividades,  nuevas caras y  voces.

Ahora la presencia de sus Otros significativos tiene que operar simbólicamente, como una mirada y una voz que sostengan, sin la presencia física real y esto se corresponde con un proceso que no es igual para tod@s los niñ@s. Los tiempos subjetivos no son universales sino singulares y esto quiere decir que: no hay una norma que valga para tod@s de la misma manera.

¿A cambio de qué un niñ@ resignaría estar todo el tiempo en su casa con su familia? Lo hace porque obtiene nuevos placeres, creaciones, diversiones, logros culturales, lazos y sobre todo, un nuevo espacio propio (no sin otros que lo sostengan: maestr@s, directivos, compañerit@s, amig@s), “separado” de los padres que va descubriendo y construyendo poco a poco.

Es importante decirlo bien claro: un niñ@ no puede quedarse sol@, auto criarse, auto cuidarse y/ o auto educarse. Por eso, la escuela forma parte de los cimientos de un nido. No alcanza con la familia para producir los «vuelos» cotidianos para poder crecer. El maternal, el jardín, la escuela son espacios fundamentales para el devenir de las

Infancias deseantes ya que propician, en el mejor de los casos, que las infancias no solo puedan «despegarse» de quienes se ocupan de criarlas sino que, principalmente, ofrece espacios para que se desplieguen las subjetividades: jugar, cantar, escuchar relatos e historias, leer, escribir, pintar, bailar, moverse, dibujar, en fin, expresarse y hablar. Esto no solo tiene un valor pedagógico y de aprendizaje sino que va constituyendo el nido con otros, va construyendo l@s cuerpos y las personalidades. De esta manera, la escolarización temprana brinda al niñ@, cuando lo propicia, la posibilidad de ir respondiendo a lo que le es ofrecido y de ir dando pasos en su constitución psíquica.

Por eso, muchas veces, buscar un maternal, un jardín, una escuela, maestr@s y directiv@s que escuchen al niñ@ y a la familia, que  l@s  alojen y puedan tener en cuenta cada singularidad no es algo fácil,  lleva tiempo y en algunos casos: el pasaje por fracasos para encontrar la institución adecuada para un niñ@ en particular.

Volvamos sobre la pregunta: ¿qué significa la adaptación al jardín? Si adaptación significa hacer todo lo que los adult@s le piden o le exigen al niñ@ que haga, si adaptación solo significa «cumplir» con objetivos pedagógicos o institucionales entonces las infancias quedan en un lugar de puro objeto. Si en cambio, adaptación significa descubrir y encontrar otro espacio para los despliegues subjetivos y otros con quien jugar, expresarse y desarrollarse, entonces, el niñ@ ya no queda en un lugar pasivo sino que puede ser activo y «tomar» la palabra (aunque aún no pronuncie palabras), hacerse un lugar en un lugar que en principio es totalmente desconocido y nuevo.

Podríamos traducir de la siguiente manera algunas interrogaciones que ubicamos del lado del niñ@, en este período, aunque no se las formule conscientemente ni las pronuncie:

¿Por qué me alejo de mis padres?

¿Por qué me quedo tanto tiempo aquí?

¿Qué hago aquí?

¿Quiénes son estas personas que me hablan y saben mi nombre?

¿Por qué puedo jugar pero estos juguetes no son míos?

Y también…

¿Qué harán mis padres sin mí?

¿Qué estarán haciendo mientras yo estoy aquí?

¿Cómo están mis padres?

            Atravesar estas interrogaciones, dar espacio al deseo del niñ@ y al de l@s padres es fundamental en este proceso de separación. A veces sucede que el niñ@ no presenta un problema evidente y sin embargo, son las madres, padres y/o adult@s a cargo los que presentan dificultades para «despegarse» y necesitan un tiempo para procesarlo. Y a veces, aparecen conflictos en ambos lados.

Anidar y despegar son procesos primarios necesarios sin embargo, en algunos casos, se pueden presentar algunos conflictos, dificultades y/ o problemas de menor o mayor gravedad. En cualquier caso, conviene darles lugar y si es necesario, si lo amerita, hacer una consulta con un profesional.

Anidar infancias deseantes conlleva procesos de cambios y movimientos continuos que, en algunos casos, se ven obstaculizados, entre otras cosas, por algunos determinantes inconscientes, angustias, miedos, duelos, que conviene destrabar y darles espacio para que el niñ@ pueda alcanzar los vuelos que precisa en su devenir deseante.

María Ivón Haddad

Creadora de Anidando Infancias (Instagram: @anidandoinfancias)

Psicoanalista, Dra. en Psicología U.B.A

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